La Advertencia

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Bitácora del Domingo 11 de Enero de 1998, Edición de Tarde


 

La idea básica de sus cuentos -(de H.P. Lovecraft)- es que el hombre no debe investigar o jugar con ciertos fenómenos, y que si lo hace, traerá como consecuencia su propia destrucción.

 

Después de leer tan sabia advertencia del comentarista, cerró el libro, se acomodó más profundamente en su sillón y encendió un cigarrillo. La luz era la apropiada a los gabinetes suntuosos y misteriosos donde se refugian ciertos hombres impíos para violar las prohibiciones de la prudencia humana.

La mayoría de los lectores de relatos de terror suelen considerarlos un simple género literario cuyo único designio es distraerles un rato, pero Carlos veía en tales relatos un reguero de involuntarias pistas dejadas inadvertidamente por la imaginación de los autores al confeccionar sus obras, ya que Carlos era una especie de Sherlock Holmes del mundo fantástico al cual investigaba.

Por principio Carlos no descartaba la existencia de lo llamado “sobrenatural”, pero tampoco creía en ninguna de tales existencias sin pruebas convincentes integradas en un sistema global de Realidad ontológico y psicológico. Había leído y visto prácticamente todo lo escrito y filmado sobre las imaginarias entidades extrahumanas, -fantasmas, demonios, vampiros, licántropos, seres malignos emparentados con los dinosaurios o con otras especies animales, diablos antropomorfos del futuro o de civilizaciones inaccesibles a la percepción homínida, y un largo etcétera-, y no creía ni una sola palabra de todo eso; pero seguía sin descartar la posible existencia de entidades ajenas a lo actualmente conocido respecto el devenir de la materia, de la energía y del psiquismo.

En opinión de Carlos, algunos autores de cuentos de terror utilizaban -sin ser conscientes de ello- algún órgano mental prospectivo cuyo alcance era mayor que el de la imaginación propiamente dicha; y que tal órgano revelaba a veces existencias matemáticamente lógicas y estructuras vivientes a su modo que eran el origen real de las popularizadas ficciones imaginarias. “Los vampiros no existen” pensaba Carlos, “pero detrás de ese concepto existe Algo que es o son auténticos vampiros”. Y lo mismo pensaba respecto a los demonios, los zombis, los fantasmas, los hombres-lobos y demás especies de la fauna terrorífica, -así como también respecto de las hadas, elfos, trolls, dioses y demás especies de la fauna tradicionalmente legendaria-.

“Algo hay en ello”.

Así que la advertencia del comentarista de Lovecraft le pareció interesante y digna de ser tenida en cuenta, pero no por miedo a toparse en algún rito con alguna aparición satánica, sino por elemental prudencia para no hacerla surgir del interior de su propio psiquismo: “Existen dioses y demonios, pero los tenemos dentro”.

Desde el fondo de su sillón en sombras Carlos emitió una suave carcajada al recordar la restringida forma en que la Ciencia actual suele considerar a lo psicológico, reduciéndolo a una simple cuestión personal en cada caso. “Ni el Espacio que ocupa el Universo es tan grande como el área de acción de un psiquismo, ni la realidad física es tan compleja como la estructura del inconsciente“. Es más, Carlos pensaba -y dicho sea en términos matemáticos-, que todo el Universo, incluída la Humanidad, son “un caso particular” de una realidad envolvente e inmanente de naturaleza psíquica. “Creemos sólo y siempre lo que esa naturaleza psíquica nos permite y nos obliga a creer“.

En cierto modo Carlos era un rebelde alzado en armas en contra de la mente humana sometida a lo que él llamaba “La Gorgona”, que a su vez no era más que una “deformación aberrante ideológica” de otra idea mediática llamada “La Medusa”, que a su vez era la lógica resultante del choque entre “el Holograma objetivo” y la consciencia personalizada. Como se ve, Carlos no creía en los personajes de los cuentos de terror, pero sí creía en la existencia de otras cosas mucho más terroríficas aun.

Su Rebeldía iba especialmente dirigida contra la Muerte, -dueña y señora voluntariamente aceptada por toda la humanidad-, lo cual le convertía a él en guerrero de un imperio de inmortales, que él no sabía si existía ya o si tardaría miles o quizás millones de años en empezar a existir. Tal dato es irrelevante para cualquier guerrero que se rebela en contra del Imperio de la Muerte, al cual actualmente la humanidad pertenece, porque las guerras psicológicas no dependen del número de contendientes, sino de la calidad de los mismos.

Carlos sabía perfectamente que si conseguía convertirse en arquetipo, el reinado de la Muerte tendría sus días contados. Así que se atrevió a pronunciar el sortilegio: “No existe ningún dios por encima de mi cabeza“.

Resonaron un trueno y un chasquido y las luces de toda la ciudad se apagaron para reencenderse casi inmediatamente.

sello


Kronos Club de Amigos

 

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